Los tristes
 

3 de octubre de 2010

 

Las bienaventuranzas

Por Fabio Carballo

“Bienaventurados los tristes porque ellos recibirán consolación”

Mateo 5:4

Los tristes
El servicio anterior definimos lo que significa bienaventurado, miramos la etimología de la palabra y recordamos que nos remitimos a bien y aventura, una buena ventura, una feliz vida. Pero es un poquito más que feliz, es como muy feliz, o lo que algunos de ustedes dijeron, doblemente feliz. Bien, hablamos entonces de que son bienaventurados los pobres en espíritu, hoy hablaremos de los tristes.

Lo primero que pienso es que esa frase es contradictoria, bienaventurados los tristes, ¿cómo pueden ser bienaventurados los tristes si están tristes? ¿Cómo pueden tener una vida feliz si están tristes, si están llorando? Entonces yo encuentro en las bienaventuranzas el factor del tiempo. Lo que le quiero decir, es que aunque Dios no tiene tiempo (Revelación 1:8, Salmo 90:4), él trabaja con nosotros en el tiempo de nosotros.

Yo creo que el reino de los cielos no ha llegado todavía, hoy estamos en un reino de Dios espiritual (Romanos 14:17), pero un día llegará el Señor a poner su reino en la tierra (Actos 1:6-7). Dios no tiene tiempo, porque él creó los siglos, Tito 1:1-2. A pesar de eso, él tiene nuestros tiempos en sus manos, Salmo 31:15.

Lo que les quiero decir con esto de los tiempos es que uno primero está triste y luego feliz, según la Biblia hay que estar tristes para poder estar felices, ese es la línea correcta. Para poder llegar a estar felices, el orden de Dios es primero estar tristes y luego estar felices. Es mejor que a usted no le vaya muy bien de niño, para que después sepa alegrarse o algo así. Y según Mateo 5:4, uno debe estar triste para recibir consuelo. 

Pensemos en una persona que desde niño haya tenido todo lo que ha querido y nunca se le haya negado nada. Pensemos en una persona que cualquier cosa que su cuerpo le pida la obtiene, ¿qué pasará después con esa persona? Yo sé lo que pasará: estará triste. Por ejemplo, un bebe sólo tiene dos cosas para hacer, comer y dormir, el niño va a estar feliz si come y duerme, esa será su vida. ¿Qué pasa con el niño al que siempre que llora le dan comida? Ese niño se irá engordando y se irá poniendo cada vez más enfermo, ese niño a medida que vaya creciendo se va convirtiendo en un niño orgulloso y mimado, cuando sea joven usted lo verá borracho en las calles y sin mucho deseo de trabajar. Entonces el orden correcto es estar triste primero y luego estar contentos, no lo contrario. Ese es el orden de Dios.

La nueva vida espiritual también tiene que empezar con tristeza, nadie puede empezar una nueva vida espiritual, un nuevo nacimiento riéndose. El nuevo nacimiento tiene que ver con el arrepentimiento y por eso, el nuevo creyente debe estar triste al nacer espiritualmente, mire 2 Corintios 7:10, “Porque la pesadumbre que es según Dios, obra arrepentimiento para la salud, de la cual nadie se arrepiente, más la pesadumbre del mundo obra para muerte”. ¿Cuál será la tristeza del mundo? pienso yo que debe ser el enojo, la ira, bueno, y algunas otras cosas.

Aquí recuerdo una historia que le ocurrió a un pastor con un señor en una cárcel. Él pastor contaba que este hombre le escuchó el mensaje, le dijo que él quería convertirse en un cristiano pero no quería cambiar su manera de vivir, el pastor le dijo que eso no estaba en juego, que no era cosa de nosotros, después dijo, me convertiré pero no iré a la iglesia los domingos. El punto es que el hombre no estaba reconociendo que era un pecador, no estaba triste, estaba muy fuerte, Dios nos quiere mostrar la necesidad de volvernos débiles y estar tristes delante de él, eso es muy importante, es bajar nuestra cabeza ante aquel que todo lo puede.

Mire Juan 21:15-17, “Pues como hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: ¿Simón, hijo de Jonás, me amas más que estos? Dícele: Si, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis corderos. Vuélvele a decir la segunda vez: ¿Simón, hijo de Jonás, me amas? Respóndele: Si, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis ovejas. Dícele la tercera vez: ¿Simón, hijo de Jonás, me amas? Entristecióse Pedro de que le dijese la tercera vez. ¿Me amas? Y le dice: Señor, tú sabes todas las cosas: tú sabes que te amo. Dícele Jesús: Apacienta mis ovejas”.

Cómo si primero, antes de empezar su trabajo cuidando las ovejas, necesitara estar triste.

 

 

 






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