Los problemas de Lugo
 

Los problemas de Lugo

Por Fabio Carballo

Para mí fue una sorpresa la noticia escandalosa de que el presidente del Paraguay Fernando Lugo tenía un hijo. Y no es que los presidentes tengan que ser castos mientras ejercen sus cargos. El problema está en que Lugo además de ser el mandatario del Paraguay es obispo de la Iglesia Católica de Roma.

 

Lugo, como bien se lo dijo a María Emma Mejía, sigue siendo obispo, ya que el sacerdocio católico tiene carácter indeleble. Así que, si hubiera hecho los hijos después de su posesión como presidente, de todas maneras era obispo. Él mismo Fernando Lugo admitió su paternidad y su relación con Viviana Carrillo. La joven explicó que su relación con Lugo venía desde sus diez y seis años.

 

En Colombia estamos adaptados a la noticia del rompimiento del voto de castidad por parte de los sacerdotes católicos. Y nosotros, los evangélicos, ya hasta tomamos las cosas de manera deportiva, “eso se esperaba”, decimos, “al fin y al cabo es un hombre”.  Sin embargo, a pesar de que no es ajeno el hecho de que un sacerdote tenga un hijo y mucho menos que lleve una vida conyugal con alguna parroquiana, si me sorprende que el caso se haya dado en un obispo.

 

Yo pensaba que entre los obispos había un buen número de invertidos luchando contra sus gustos, pero, en honor a la verdad, Lugo parece no tener ese problema. Leí en un periódico guaraní, que es posible que sean seis sus hijos. Los partidarios del presidente dicen que, bueno, él es el papá de todo Paraguay, una fórmula consolatoria para una verdad desconcertante. 

 

El texto bíblico al que mayoritariamente alude el catolicismo para sustentar su doctrina del celibato es Mateo 19: 12, que en mi Biblia Reina-Valera lee “Porque hay eunucos, que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos, que han sido hechos eunucos por los hombres; y hay eunucos, que se han hecho eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos. El que puede recibirlo, recíbalo”.

El Catecismo de la Iglesia Católica expresa: “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuando los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato ʻpor el Reino de los cielosʼ (Mt 19, 12)”[1][1].

En razón de esto, se puede decir que el presidente Fernando Lugo se hizo célibe por el Reino de los cielos. O por lo menos esa es la teoría.

 

En el pasaje, el Señor Jesucristo les acaba de expresar a sus discípulos el hecho de la imposibilidad del divorcio[2][2]. Ellos responden que ante una situación tan “triste” lo mejor es no casarse. Entendamos que los discípulos pensaban también en cosas carnales. Si parafraseo el texto resultaría algo como así: “Respondieron ellos, si no nos podemos estar divorciando y volviéndonos a casar, mejor nos quedamos sin casar” y note que no dijeron “nos quedamos solos o sin conocer mujer”. 

 

Bueno, el Señor les dice que algunos nacen célibes desde el vientre, y esto por problemas  físicos, no que nazcan homosexuales; otros son hechos eunucos por los hombres. Entendiendo que la palabra eunuco aquí puede ser sinónimo de célibe, Cristo habla de otros célibes hechos por los hombres (cp. 1 Timoteo 4: 3). Y finalmente unos que así lo son por el reino de Dios.

 

El primer problema de Lugo es ese, él fue hecho célibe por los hombres, no por Dios. Él se hizo célibe, si es que así pasó durante algunos días, por causa de su organización religiosa. Es un requisito que así sea. Yo recuerdo mis deseos de servir a Dios mientras militaba en la Iglesia Católica y como fui a un sacerdote anciano en la Catedral Metropolitana de Medellín y le pregunté sobre el asunto, le dije algo como así, “padre, yo quiero servir a Dios como ministro, pero me gustan mucho las mujeres, ¿qué hago?”. Él viejito me recomendó ir al Opus Dei, cosa que mi mamá me negó por temor a que perdiera mi hombría.

 

La Biblia dice que los célibes de Dios se pueden contener, 1 Corintios 7: 9. Evidentemente nuestro amigo Fernando Lugo no tiene esta particularidad.

 

Pero el segundo problema, a mi manera de ver, es más grave. Tener relaciones sexuales con menores de edad. La chica Viviana, tenía dieciséis años cuando empezó sus amoríos con el señor obispo, ¿Acaso tenía el consentimiento de sus padres para la relación amorosa con el clérigo? No creo. ¿No es mucha coincidencia que un buen número de sacerdotes católicos y algunos pastores evangélicos, con problemas matrimoniales, tengan un especial interés por los menores? Ese si es un problema mi querido Fernando, y yo sé que Dios perdona, pero la sociedad debe castigar estos actos.

 

Y finalmente está el problema político, pero de eso me abstengo de hablar. Por ahora, concluyo que el celibato es un fracaso.

 

 



 

 







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