Juicio y misericordia
 

8 de abril de 2012

Por Fabio Carballo

 

Juicio y misericordia

 

Salmo 36

 

En este salmo encontramos dos contrastes: el contraste entre el impío y el hijo de Adán y el contraste entre el juicio y la misericordia de Dios.

 

El impío y el hijo de Adán

 David, el autor de este salmo, hace una reflexión sobre la iniquidad en el impío. Él piensa en su corazón que,

 

En el impío no hay temor de Dios.

Según el diccionario el impío es el falto de piedad, una persona ajena a los asuntos espirituales.

 

El impío lisonjea en sus ojos para hallar su iniquidad, y otros la aborrecen, v. 2.

Este es un versículo complicado de explicar. El impío se lisonjea (se adula, se envanece en sus propios ojos). Se cree sabio en su opinión, piensa que lo que está haciendo no es malo o que en la vida hay que actuar de manera astuta y está orgulloso de ello. Cuando una persona espiritual nota este tipo de actitud, o sea, alguien que se adula de sus actuaciones malas delante de los demás, aborrece más esas acciones y ese tipo de actitud.

Por ejemplo, cuando alguien empieza a enorgullecerse y hablar de cómo le ha sido infiel a su esposa y cómo ella no se ha dado cuenta durante tantos años y cuenta cómo se le ha escapado y las veces que lo ha hecho, una persona espiritual en lugar de decirle: “pero vos si sos tremendo, sos un genio” siente en su mente un aborrecimiento por esa acción y esas palabras poniéndose del lado de la esposa engañada.

Cuando usted nota algo similar en un compañero de trabajo que habla de cómo se ha robado tal cosa y no se han enterado, usted no debe alabar esa acción, debe aborrecerla.

 

La iniquidad del impío le sale por su boca, sale junto con el fraude, v. 3. 

Es muy difícil para el impío quedarse callado y no contar su pecado. Al fin y al cabo cada pecado que él comete es un triunfo para sí. Pero las mismas palabras de su boca son iniquidad, son maldad. La forma como habla, como propone que le ayuden a hacer las cosas, la forma escondida que tienen sus palabras, la forma como planea ejecutar el mal es algo que revela al impío. Incluso, el fraude sale por su boca.

Cuando alguien está vendiendo algo y dice todas las mentiras que existen y se inventa unas nuevas para que le compren, un creyente en Dios podrá notar con un poquito de discernimiento espiritual la mala voluntad que sale de esa boca.

 

Al impío se le habla del bien pero decide no entender, v. 3. 

Cuando el Señor dijo a los discípulos que no dieran lo santo a los perros ni las perlas a los puercos (Mateo 7:6) de seguro se refería, entre otras cosas, a las palabras santas de Dios. Muchos impíos deciden abiertamente ignorar las palabras de Dios, se le habla del bien pero ha decidido no entender. Es como un niño que no quiere estudiar, como cuando alguien no quiere ver una película, no sabe si la película será buena o mala, si le aportará algo o no, simplemente han decidido no verla y si lo obligan a hacerlo no entenderá nada,  así hay muchos impíos que ya han decidido no entender, se creen sabios en su opinión. El cristiano discernirá también cuales son este tipo de personas y decidirá no meterse con ellos.

 

La iniquidad del impío comienza en los pensamientos antes de levantarse, si así lo hace, es claro que no aborrece el mal, v. 4.

 

El hijo de Adán

Es muy particular que David llame al contrario del impío en este salmo “el hijo de Adán” y no lo llame “el pío”. Parece que en la Biblia no está la palabra pío, por lo menos en biblia Reina-Valera 1865. Eso suena muy bien porque pío, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, es el hombre inclinado a la piedad. Ningún hombre es así de manera natural, simplemente, inclinado a la piedad. Un hombre sólo tendrá una piedad correcta si Dios inclina su corazón. El título, “hijo de Adán”, muestra a un hombre que desea buscar de Dios no porque eso sea su disposición natural, sino porque entiende que necesita de Dios. Ninguno de nosotros estamos aquí porque somos muy buenos y deseosos de buscar de Dios, estamos aquí porque somos pecadores y sabemos que separados de Dios nada podemos hacer.

 

Mire lo que Adán pasó a la humanidad, 1 Corintios 15:22-23, “Porque por cuanto la muerte vino por hombre, también por hombre vino la resurrección de los muertos. Porque a la manera que todos en Adam mueren, así también todos en Cristo serán vivificados”. Adán trajo la muerte, por Adán somos todos muertos. ¿Por qué somos muertos? ¿Qué es lo que origina la muerte? El pecado, Romanos 5:12, “Por tanto, de la manera que el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; y la muerte así pasó a todos los hombres porque todos pecaron”. La muerte está por cuanto hubo pecado, el pecado está porque un hombre introdujo en el mundo el pecado, ese hombre fue Adán. Luego, cuando la Biblia dice “hijos de Adán” está diciendo “hijos de pecado” e “hijos de muerte”. El hombre busca a Dios no porque sea un buen hombre que pretende agradar a su Creador, cuando lo hace de esa manera está confundido, el hombre busca a Dios porque sabe que es un pecador y que necesita la salvación, pues cuando muere (sin Cristo) seguirá muerto en sus delitos y condenado por toda la eternidad.

 

¿Qué hace el impío? Se mofa de sus maldades. ¿Qué hace el hijo de Adán? Le pide a Dios perdón por su pecado y busca la salvación de su alma.

 

Dios tiene una forma de tratar con el impío y una forma de tratar con el pecador arrepentido.

 

Juicio y misericordia

El salmo habla más de la misericordia que del juicio. En los versículo 5 y 6 los compara con elementos geográficos: la atmosfera (“hasta los cielos es tu misericordia y tu verdad hasta las nubes”) y los abismos. La misericordia de Dios es comparada con los cielos, mientras que el juicio es comparado con las honduras de la tierra y los mares. ¿A cuántos les gustaría volar? Y ¿A cuántos les gustaría caerse a un abismo?

 

Misericordia para el hijo de Adán

Lo llevará bajo sus alas, v. 7

Cuando reconocemos nuestro pecado y decidimos dejar a un lado tanto engaño, tanta iniquidad, tanta maldad, Dios nos lleva como por esa atmosfera de la vida envueltos en sus alas. Ahora sí, ¿a cuántos les gustaría volar envueltos en las alas del mismo Señor? Muy bien. Lo que la palabra nos está diciendo es que Dios toma al que reconoce su pecado y lo lleva por la vida como volando con su protección y dirección.

 

Le dará el alimento que requiera, v. 8.

¡Qué bueno es comer de la mano de Dios! ¡Qué bueno es comer sabiendo que no le robamos esa comida a nadie! ¡Qué bueno es comer sabiendo que ha sido porque Dios nos regaló ese trabajo! ¡Qué bueno es tomar el alimento de nuestro mismo Señor! Yo le voy a decir la verdad. Yo estoy muy agradecido cuando me asiento a la mesa de mi casa a comer. Pero me siento mejor cuando lo hago en un buen restaurante. Yo le doy gracias a Dios cuando como en mi casa, pero le doy más gracias cuando como en un buen restaurante. Pero hasta ahora, hasta la comida de anoche cuando terminé este mensaje, no era consciente que era la misma mano de mi Padre la que me daba esa comida. Se me olvidaba que Él es el dueño de ese pollo que mataron, de ese arroz que recogieron, de esos tomates, de esas lechugas, del agua, de las fresas. Se me olvidaba que Él era el que me estaba dando de la grosura de su casa y del abrevadero de sus arroyos. ¡Alabado sea su nombre!

 

Le dará luz en el camino, v. 9.

Si algo necesita el hombre para andar por este camino de la vida es luz. Cuando llegamos de noche a la casa y todo está apagado lo primero que hacemos es prender la luz. Necesitamos la luz para podernos guiar en el camino de la vida, pero no necesitamos cualquier luz, necesitamos la luz de Dios. Ahora que estamos estudiando el libro de Job en el culto de estudio bíblico de los miércoles nos impresionan dos preguntas que Dios le hace Job, ¿Por dónde va el camino a la habitación de la luz? (Job 38:19) ¿Cuál será el camino por donde se reparte la luz? (Job 38:24). En estos dos versos vemos tres elementos: la luz, el camino y la habitación. Hay una habitación donde está la luz, hay un camino que va hacia esa habitación y hay un camino por donde sale la luz de esa habitación. También esto indica que hay una luz que es directa, que apunta a ese camino, pero hay una luz que se reparte, que es como una bombilla. ¿Cuál es la luz directa que nos lleva a esa habitación de luz? Cristo mismo, nadie va al Padre si no es por él, Juan 14:6. ¿Cuál es la luz que sale de esa habitación? Cristo mismo, él es el resplandor de la gloria de Dios, Hebreos 1:3. Entonces lo que nos dice el salmo 36:9, “en tu lumbre veremos lumbre” significa que en Cristo Jesús veremos a Dios, el que tiene a Cristo Jesús tiene a Dios mismo morando en él y sabrá cuál es el mejor camino para su vida y desde la habitación de Dios, el lugar de la oración, tendremos muchos más caminos abiertos para seguir bajo el resplandor de la gloria de Cristo.

 

Parece que por algún momento los hijos de Adán no alcanzáramos esa misericordia. Note el verso 10, “Extiende tu misericordia y tu justicia”. Sea cuidadoso también en advertir que no dice juicio si no justicia. El que conoce a Dios no le está pidiendo juicio sino misericordia y justicia. Mas, si David lo está pidiendo esto indica que en algún momento parece no haberlo alcanzado, entiéndase que el hijo de Adán, el que conoce a Dios, no estuviera viviendo en la misericordia de Dios. ¿Por qué? La única respuesta que tengo es por la incredulidad, por la falta de fe, Hebreos 4:1-2. Es decir, la persona que escucha las buenas noticias pero no las mezcla con fe, esas buenas noticias no le serán de provecho.

 

Yo le estoy diciendo, mire las promesas de Dios para los hijos de Adán, les dará luz en su camino, le dará el alimento que requiera, lo llevará bajo sus alas en la vida. Si usted no mezcla esas palabras con fe, o sea, si no las cree, entonces esas palabras pasarán de largo, no tendrán ningún efecto y usted no pedirá de vez en cuando la misericordia y la justicia de Dios, lo hará todos los días, porque su fe es muy pequeña.

 

El versículo 11 nos puede aclarar un poco más este asunto. Aún el que conoce a Dios se puede sentir tambaleando ante el pié de la soberbia y ante la mano del impío. El pié de la soberbia es que como el creyente es incrédulo bien puede sentirse tentado por la soberbia, por conseguir desmedidamente, por irse de juerga, de paseo, de parranda,  y olvidarse de Dios. Sus conocidos lo invitan a lugares donde no tiene que estar pues brillan por la soberbia y él está allí metido. El pié, lo que nos indica es ir a un lugar. Mire este ejemplo, tengo un amigo que vive en una finca, otros conocidos míos han estado allí conversando, departiendo, hablando de la situación del país, tomándose unos tragos, asando una carnita, escuchando música, socializando, toda la noche, hombres y mujeres. Yo le pido a Dios que el pié de la soberbia no me deje entrar allí en medio de uno de esos bacanales.

Por otro lado, la mano del impío es aquella que quiere hacernos daño, la que quiere robarnos lo que Dios nos puso a administrar, la que quiere quitarnos nuestras esperanzas en Cristo, la mano del impío es la que quiere acusarnos, la que quiere destruirnos. ¿Cómo puedo yo combatir eso? poniéndole fe, mucha fe a estas palabras que leo todos los días en mi Biblia.

 

Conclusión:

Finalmente, nos queda el asunto del fin de los impíos. Dijimos que el impío no va a volar hacia arriba, el impío va a caerse para abajo, al abismo, v. 6. A ese abismo caerán los impíos, los que se jactan en sus ojos, los que blasfeman de Dios, los que alaban su independencia, los que hablan maravillas de su divorcio y de haber dejado a su mujer, los que cantan “aunque me cueste morir no dejaré la bebida”, “fumar es un placer genial, sensual”, los que se jactan de las mentiras que le han metido a los otros, de cómo han engañado a los demás, etc. Dice nuestra Biblia serán rempujados, no dice empujados. Yo siempre pensé que esto estaba mal porque dice rempujar y no empujar. Desde muy pequeño escuchaba a una prima diciéndome “no diga rempujar eso está mal dicho”, aunque mi bisabuela lo decía. Era tanta la convicción con la que mi prima decía eso que terminé creyéndole a ella y no a mi bisabuela. Yo busqué en el diccionario, en un buen diccionario, y ¡oh sorpresa! Estaba la palabra rempujar y era una palabra diferente a empujar. Empujar es hacer fuerza contra alguien para moverlo, rempujar es “echar a alguien a empellones”. Es como si estuviera en una fila, como cuando uno entra al metro, allí a uno lo están rempujando. Y entonces pensé en el final de los impíos, pensé en Revelación 20:15, “Y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue lanzado en el lago de fuego”. En el metro, en horas pico desde afuera hacen fuerza por entrar, pero ¡se imagina usted cómo será hacer fuerza por no entrar en el lago de fuego! ¡Tanta la gente para el abismo, entrando a empellones, pero nadie querrá caer allí! 
Oremos.

 






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